domingo, 1 de diciembre de 2013

Ciudad muerta (relato)



CIUDAD MUERTA
Tan solo pude hallar una explicación posible a lo que aconteció aquella madrugada. Habían dado las dos en punto y yo me encontraba en mi confortable habitación escribiendo, cuando el tañido de las campanas de la Iglesia me distrajo de mi tarea. Miré a través de la ventana hacia el campanario y deseé con todas mis fuerzas que la ciudad muriera, que se apagaran todas las luces y quedara totalmente en silencio para así poder proseguir. Necesitaba concentrarme en la escritura, y las campanas; el canto de los grillos; las luces de las viviendas…cualquier cosa me distraía.

Decidí darme unos minutos de descanso antes de continuar mi relato. Estaba nevando y pensé que dar un paseo me despejaría. Necesitaba sentir el frío sobre la piel y el viento rozándome la cara. Decidido, salí de la habitación. Lo primero que vi al salir a la calle fue a un borracho cruzando la carretera. Pronunciaba unas palabras ininteligibles y afirmaría que, por su expresión, parecía asustado. De pronto, se puso a correr bajo la nieve como si algo lo hubiera espantado y lanzó un grito aterrador. Cuando lo perdí de vista, comencé a caminar con tranquilidad sobre la acera nevada. Una única farola alumbraba toda la calle ofreciendo una luz tenue que apenas dejaba ver por donde pisaba. De pronto, algo me detuvo. Alguien se paró frente a mí. El brillo de unos ojos grisáceos entre los copos de nieve en el aire captó toda mi atención e hizo que quedara petrificado. Me invadió un olor fétido tan fuerte que me provocó náuseas. Sentí que fuera lo que fuera se aproximaba, ya que el olor se hacía cada vez más intenso. No podía distinguir su figura, solo sentir sus ojos acechándome.
De pronto, aquel ser me mostró algo. Observé que una bola de cristal flotaba ante mí, entre la nieve. Era como si alguien invisible la sostuviera. En su interior aparecían imágenes en movimiento que representaban una ciudad. Reconocí al instante el campanario con sus baldosas azules esmaltadas y sus edificios decimonónicos; aquella era mi ciudad. Sobre las construcciones de la urbeardían llamas. Algunos muros caían, otros habían quedado reducidos a cenizas tras ser devorados por las llamas. La gente corría asustada por las calles. De pronto sentí algo muy extraño, pude escuchar los gritos aterradores de mujeres y niños que corrían tratando de escapar; el crepitar de las maderas del interior de los edificios; el estallido de los cristales de las ventanas fragmentándose en mil pedazos; el latido acelerado de los corazones de la gente; el llanto de un bebé y los gritos desesperados de personas que se quemaban vivas en el interior de los edificios….Todo aquello sucedía mientras los copos de nieve caían sobre mí y el gélido viento helaba mi cara ante aquel ser.

Tras haber contemplado aquel lamentable espectáculo unos segundos, el horror se reflejaba en mi rostro. Rompí en llanto. Fue entonces cuando aquel ser aterrador e informe comenzó a reír a carcajadas al verme Sentí que mi agonía lo hacía feliz.

Finalmente me di la vuelta, corrí lo más rápido que pude hacia casa y aterrado, me encerré en mi habitación. Fue entonces cuando creí comprender lo ocurrido. Aquel ser había reflejado en la bola de cristal el deseo que yo pedí aquella noche: que la ciudad muriera y quedara en silencio para poder escribir. Desde aquel día no soy capaz de escribir en silencio; siempre pongo alguna música de fondo.

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