domingo, 1 de diciembre de 2013

Las manos (relato)



LAS MANOS

Cuando caía la tarde, mi abuelo solía sentarse en la antigua mecedora del salón, cuyos huesos de madera parecía que iban a resquebrajarse en el momento en el que dejara caer el peso de su cuerpo sobre su estructura. Transcurridos unos minutos, sus párpados se cerraban, cayendo con elegancia, y el quedaba abandonado a un intenso sueño que lo conducía más allá de sus pensamientos cotidianos, hacia mundos desconocidos.

Era justo en aquel momento, cuando cerraba los ojos, en el que mi vista se deslizaba hasta sus enormes manos y quedaba enredada. No podía evitar permanecer embobado mirándolas fijamente como si nunca antes las hubiera visto. El tiempo había jugado a su voluntad con ellas, hasta lograr agrietarlas. Ahora, al verlas colgar de los reposabrazos, lograba sentir en mi mente su áspero tacto y su rugosidad, aunque que no me resultaban desagradables.

Sus manos contenían la esencia destilada del producto de horas y horas de trabajo, pues mi abuelo pasó muchos años recogiendo algodón bajo los rayos de un sol abrasador que había dejado su piel forrada de una capa de oro. Cada una de las arrugas que se arremolinaban con gracia sobre su epidermis revelaba un fragmento de sabiduría oculta. Sus manos parecían esconder secretos que esperan a ser desvelados; aquellas manos injertas de vida hablaban. Manos inmóviles, poseedoras de alma, eran como entes poderosos y acechantes capaces de enfrentarse a cualquier cosa, y ahora aguardaban anhelantes su cruel destino.

A pesar de haber recogido algodón toda su vida, las manos de mi abuelo no eran ordinarias ni repelían como las del resto de campesinos; callosas y sucias. Eran fuertes, su tacto de una deliciosa rugosidad, y atraían a primera vista como alhajas antiguas que quedan intactas tras el paso de los años.

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